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Homenaje a la escritora Guadalupe Dueñas

Homenaje

Guadalupe Dueñas
(Guadalajara, 19 de octubre circa. 1908-1910- Ciudad de México, 10 de enero de 2002)


Semblanza de Patricia Rosas Lopátegui
Escritora, poeta, censora cinematográfica, guionista de televisión, asesora de teatro, editora y amiga entrañable, Guadalupe (Lupita, Pita) Dueñas es, sin duda, una de las voces más innovadoras e irreverentes del siglo XX.

  En 1964 Elena Garro le dijo a Carlos Landeros: “De las escritoras mexicanas me gusta mucho Lupita Dueñas como cuentista, porque tiene mundo propio. Creo que es la mejor cuentista mexicana”.

  Hizo su aparición literaria cuando casi cumplía cuarenta y cuatro o cuarenta y seis años y tomó por sorpresa a sus contemporáneos. Como los grandes creadores que arrancan de las vivencias el retrato preciso de la condición humana, Guadalupe Dueñas llegó para quedarse.

  Desenfadada, con un peculiar sentido del humor con frecuencia en los linderos del humor negro que caracteriza su producción literaria diseccionó los males que aquejan a la condición humana, desacralizó la arrogancia de la vida cultural y cuestionó la desigualdad génerica. Para muestra un botón. Así comienza su autobiografía:

LupitaDuenas-CortesíaLuzMaríaDíaz"Me han recomendado amigos que me estiman mucho y familiares muy allegados, que siquiera en esta ocasión procure ser un poco seria, y guardar compostura y guardar mi acostumbrado rol de graciosa profesional, porque según dicen, ya no está de moda ser chistoso. Esta última generación es muy seria, muy culta, muy formal. Muchos de los que dizque son algo en la literatura mexicana, se han dedicado a hacer una crítica monosilábica, tal vez por el influjo oriental tan fuerte en estas fechas o por un destete prematuro que los obliga a tartamudear, camp, camp... pop, pop, tet, tet, cheche, mum (...)

No hay nada que halague más al escritor, que la oportunidad de leer sus engendros ante un público condescendiente. Noto que en este ciclo de charlas, sólo aparecen tres mujeres —su servidora una de ellas (...).

Como oradora soy peor que como cuentista. La mirada humana me asusta mucho, y no me ha pasado nada importante, ni siquiera he padecido una enfermedad notable, de modo que no sé qué cosa pueda decir a ustedes que parezca un poco original. (...) Es por esta suerte que algunos salvajes incursionamos en las resbalosas orillas del Parnaso. Y cuántas veces un ser primitivo consigue comunicarnos algo estremecedor, mientras el culto nos deja helados."

Sin miramientos, en plena Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en donde dio lectura al texto anterior en 1966 como parte del ciclo “Los narradores ante el público” organizado por el Departamento de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Guadalupe Dueñas expuso el sexismo que le tocó vivir. También ella, al igual que Sor Juana y Nellie Campobello, se libró del “matrimonio encantador”: “Debo reiterar que no me he casado, ni conozco las delicias de la maternidad. Esto es una limitación, así lo dicen, además es cierto, pero ayuda, porque según esta moda del psicoanálisis, se adquieren inmejorables, casi perfectos complejos que la apartan a una de la sana razón, y claro, en lugar de cuidar criaturas vengo a Bellas Artes a dar conferencias”.

  Tapatía de nacimiento, Guadalupe Dueñas de la Madrid fue hija de Miguel Dueñas Padilla y de Guadalupe de la Madrid Alatorre (prima hermana del ex presidente de México, Miguel de la Madrid Hurtado). Su padre era de ascendencia española e iba a ser sacerdote cuando a los veintiséis años viajó a Colima y conoció a una adolescente de origen libanés, de escasos catorce años. El joven Dueñas colgó los hábitos, se casó con ella y se instalaron en Guadalajara. Él, católico, muy conservador; ella, risueña, cantadora. Tuvieron catorce hijos de los cuales ocho llegaron a la edad adulta: Guadalupe, Miguel (quien murió en un accidente a los veintitrés años), Carmelita, Gloria, Lourdes, Luz María, Manuel y María de los Ángeles. Guadalupe fue la primogénita, ya que su hermana mayor, Mariquita —la protagonista del cuento del mismo nombre— murió al nacer.

  De Guadalupe se sabe que estudió en el Colegio Teresiano de la Ciudad de México y en el de Morelia; tomó algunos cursos en la Facultad de Filosofía y Letras y se dedicó a escribir. Entre sus maestros sobresalieron el padre Alfonso Méndez Plancarte, Fausto Vega, Agustín Yáñez, Emma Godoy, Alfonso Reyes, Julio Torri, y de sus amigos y colegas Rosario Castellanos, Margarita López Portillo, Griselda Álvarez, Margarita Michelena, María Luisa la China Mendoza, Octavio Paz, Joaquín Antonio Peñalosa, Octavio Novaro, José Emilio Pacheco y Gustavo Sainz...

  Sus primeros relatos aparecieron en la revista Ábside, en 1954, y ese mismo año se publicaron en una plaquette bajo el título Las ratas y otros cuentos. El gobierno del estado de Jalisco le concedió el Premio José María Vigil (1959) por su colección de cuentos, Tiene la noche un árbol (1958).     


  Para Emmanuel Carballo: “El mundo de Guadalupe Dueñas oscila entre la aspereza y la ternura: es agridulce. Mitad realista y mitad simbólico. Estos dos planos no se contraponen, se complementan. El símbolo la ayuda para encararse con las abstracciones, para volverlas tangibles, sensibles”.

  Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1961-1962), periodo en el que coincidió con Inés Arredondo, Vicente Leñero, Miguel Sabido, entre otros destacados polígrafos, con el proyecto de elaborar su única novela, Memoria de una espera. Al término de la beca se desempeñó como guionista de televisión y otras actividades literarias. De estas últimas cabe destacar su quehacer de promotora, editora y columnista de la revista Kena durante el periodo de 1963-1970.

  En 1976 apareció su nuevo libro de relatos, No moriré del todo, y en 1977, Imaginaciones, una colección de semblanzas sobre diversos autores, escritoras, intelectuales y poetas. Después vino una larga pausa. Habría que esperar hasta 1991 para acercarse a su tercer y último volumen de cuentos: Antes del silencio.

  La cuentística de Guadalupe Dueñas se distingue por la brevedad de su expresión artística, el manejo riguroso y conciso de lo esencial, lo vital; la escritora no precisa llenar páginas y páginas para llegar al meollo del asunto. Con un lenguaje mínimo revela los lastres sociales y morales del ser humano.

  Su mundo literario no defraudará al lector marcado por la curiosidad, al que guste de viajar a las zonas subterráneas de la condición humana llevado de la mano por un lenguaje tan poético como aterrador. Guadalupe Dueñas sabe encapsular los hechos en símbolos, transformar las palabras para restituirles su sentido original, de ahí que sus narraciones sucintas estén repletas de imágenes y sean alegorías o nítidos espejos que reflejan con precisión todos los males, todas las aristas de la naturaleza humana que obstaculizan la presencia de un mundo mejor.

  Por fin, este 2017, después de un olvido inmerecido, el FCE le rinde un merecido homenaje y reedita su producción publicada y da a conocer su legado inédito, aquel que permaneció resguardado en sus cuadernos y libretas y que revela su vena de poeta.

  Así, la autora que proclamara que no moriría del todo —con esa ironía lúdica que la singulariza— vuelve a materializarse a través de la escritura.

 A continuación uno de sus textos más emblemáticos, “Digo yo como vaca” (Tiene la noche un árbol) en donde queda patente su lenguaje poético al exponer con símbolos y metáforas la lucha en contra de los valores opresivos para la mujer en la sociedad patriarcal (el sentimiento de culpa, por ejemplo) en búsqueda de la  independencia.

  He aquí a la humanidad bajo la lupa de una de las escritoras más críticas e incisivas, líricas y originales de la literatura universal: Guadalupe Dueñas.

Para ver acta homenaje pulse aquí


Foto: cortesía de familia Dueñas



Un cuento de Guadalupe Dueñas: Digo yo como vaca

Si hubiera nacido vaca estaría contenta. Tendría un alma apacible y cuadrúpeda y unos ojos soñolientos. Dos rosas cabalgarían en mis flancos, orgullo de mi estampa bermeja. Mi cola, entretejida con papel de china, espantaría las moscas que retozaran en mi lomo como sobre un puesto de fruta. Junto al río, hincharía mis riñones con enormes tragos de agua, y barrerían mis belfos el perfil verdoso donde flota el limo. Buscaría siempre tiernos retoños y triscaría prefiriendo el perfume del trébol a la madura caña. Por bonita habría de cercarme el bramido del toro.

  Los años en mis ojos húmedos, en mi espera en el llano, en mi testa de sueños, se estancan. Me gusta frotar la piel sudorosa en el aprisco asfixiante mientras por mis lagrimales pasean las hormigas acariciándome las cuencas. Horas y horas paso sobre el musgo terso sin hacer ruido. A la queda, bien echada en mis cuadriles pienso que el cielo es un enorme prado de alfalfales azules, y el sol un semental de fuego. 
Baca-Ariadna-Aguafuerte-CortesíadeCentroCulturalExim

  En la cerca de huizaches, cuando los labriegos se acerquen les enseñaré mis ubres de lino como una cordillera y los terneros nutridos de mi zumo.

  Con la mente hueca viviré sin culpa, alerta sólo al toque de las seis campanas que dispersan el repique de su voz sobre el sembradío. Descarriada en el valle iré a lamer las piedras salinas, las que se amontonan y bardan el campo más allá de la vereda. En la calentura de los mezquitales detendré mi carne perezosa para mirar cómo a las lagartijas les palpita el vientre color de arsénico y cómo las acerinas de sus ojos se petrifican bajo el sol llameante.

  Cuando algún becerro cayera en el barranco, mugiría con fuerza para que los pastores bajaran corriendo hasta el soto y le hicieran una tumba de siemprevivas. Pero yo siempre estaría inmóvil, solemne, ídolo de siesta infinita, mientras mis mandíbulas rumiaran suavemente la eternidad de la tarde.

Foto de grabado "Vaca", cortesía del maestro Humberto Baca